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miércoles, 26 de febrero de 2014




  Mi dulce A. He oído mil veces aquello de que el ser humano es un ser sociable, que necesita de semejantes para convivir. Tal vez sea por eso que muchas veces no me siento humano.

  Mientras que muchos disfrutan de la dulce cháchara en compañía, tras una dura jornada, yo encuentro mi desahogo entre los papeles en blanco, encerrado en mi pequeño estudio, mientras observo el atardecer de París. Muchas veces me veo arrastrado, incómodamente, a conversaciones insulsas, faltas de un tema concreto; cotilleos de escalera o comentarios acerca del estado del país. 

  Y aunque mi corazón me grita con vehemencia que corra y huya de esas personas que simplemente buscan escarbar en mis palabras para desvelar mis secretos, mi mente me obliga a permanecer quieto y disimular una sonrisa. Debes parecer normal, siempre normal, nunca debes mostrar quién realmente eres. Muchas veces pienso que debería obedecer a mi corazón,aunque sólo sea por una vez.

  Pese a todo, y aunque adoro mi silenciosa soledad, te echo de menos, A. Porque tu compañía es distinta. Tu compañía es... es como una pluma. Cuanto está, es ligera y suave, pero, cuando no está, deja un hueco en el espacio, una herida en el mundo tangible acompañada de la sensación de que algo no está donde debería estar. No sé si consigo que me entiendas.

  A veces noto más tu ausencia que otras. Alzo la mirada y veo que faltas, sentada en el desvencijado sofá, en la esquina, leyendo el viejo y polvoroso tomo de El Quijote mientras sonríes por las aventuras del loco hidalgo. También noto la falta del aroma a café, el constante aroma a café que envuelve tu persona.

  Siempre pensé que eras el toque de cafeína que siempre me faltó.

  Me faltas, mi pequeña A.

miércoles, 29 de enero de 2014

Entre cartas

 

  Siempre me gustaron, desde pequeña, los veranos en casa del abuelo. Desde que tengo uso de memoria, he sentido que esa casa tiene algo de especial. El jardín trasero, la chimenea del salón, y, sobre todo, el desván, donde mi abuelo había colocado su despacho que, más que hacer la función de despacho, se catalogaba más bien en la de estudio, con todos los inventos raros del abuelo. 

  Si he de ser sincera, lo que más me gustaba de aquella casa era ese despacho y, más concretamente, el saco de cartas no entregadas que descansaba en una de sus esquinas.

  Llegados a este punto, creo que debería comenzar por el principio y remontarme a la juventud de mi abuelo, cuando trabajaba como cartero entre los pequeños pueblos de los Pirineos durante la guerra civil. Recogía el correo en la central para después distribuirlo por tres pueblecitos distintos en su destartalada bicicleta.

  El caso es que, debido al barullo de aquella época, muchas de las cartas no llegaban a su destinatario, así que mi abuelo las guardaba por si, algún día, en uno de sus viajes alguien preguntaba por ellas. Por muchas de ellas, nadie preguntó. Pero mi abuelo siempre las guardó, incluso cuando yo nací y él ya estaba jubilado, siguió guardándolas en su estudio, en su viejo zurrón.


  Recuerdo que, de pequeña, me pasaba los ratos muertos mirando ese zurrón, pese a que estaba rotundamente prohibido abrir lo que había dentro, imaginando todas las palabras que había escritas en aquellos papeles y que yo no podía leer, muriéndome de la curiosidad...

  Cuando el abuelo murió, hace poco más de dos semanas, cuál no fue la sorpresa de mis tíos, primos y propios padres, durante la lectura del testamento, cuando todos descubrimos que el viejo me había dejado en herencia aquella preciosa casa.

  Como es evidente, cuando llegué al desván, tras recorrer todo el hogar, lo primero que hice fue abrir el zurrón de las cartas prohibidas, aquel viejo amigo de la infancia que tantos secretos me había guardado.

  Reconozco que, cuando me senté en el desgastado sillón de mi abuelo con un puñado de sobres en las manos, estaba completamente muerta de congoja y curiosidad, sintiéndome como aquella niña, que hacía años que había dejado atrás, asustadiza, que espera una rigañina en cualquier momento. Y, aún así, una pequeña voz en mi cabeza me repetía "¿y qué más da? Nadie te lo puede prohibir ahora".

  Así que le eché valor y abrí la primera de ellas...

martes, 24 de septiembre de 2013





Mi dulce A.

  Si la gente supiese todo lo que soy capaz de guardar en mi interior. Pero la intención es que nunca lo sepan. Odio jugar a su juego, pero todas las mañanas me veo en la obligación de ponerme la máscara y hacer como los demás, sonreír, una sonrisa ancha, de oreja a oreja, quitando importancia a todo lo que realmente la tiene, creando soluciones cuando simplemente son meras ilusiones. Incluso contigo, mi dulce, me he visto arrastrado a colocarme la máscara. He de reconocer que, aunque deteste esa estúpida actuación, ocultarme resulta realmente cómodo; me ahorra el dar explicaciones de a qué se debe mi tristeza, o mi rabia, o mi frustación, o mi melancolía, o mi insufrible ansia de desaprecer a veces. Actuar resulta fácil cuando sólo debes imitar los movimientos de la gran mayoría, dejarse llevar por la marabunta resulta cómodo, mi mente, acostumbrada a analizar todo con el mayor de los catastrofismos, encuentra cierta tranquilidad al evitar tener que pensar, simplemente plagiar.

  Y aún así, cuando llego a mi pequeño estudio y cierro la puerta al mundo, por fin puedo quitarme esa máscara, borrar esa sorisa falsa, pensar en mis problemas y ver que están ahí, que siguen ahí y no se han ido por mucho que fuera yo dijese que no importaban. Y puedo mirarme al espejo y verme llorar. Sólo. Solamente yo puedo ver mis lágrimas. Soy demasiado egoista como para compartirlas con nadie.

viernes, 13 de septiembre de 2013




  Mi dulce A.

  A veces la amargura me invade de forma repentina. Creo que es por la impotencia de no ser capaz de entender a la gente. No soporto la superficialidad de la sociedad, las máscaras que las personas se colocan al salir a la calle e interactuar  con los demás. Y, más aún, no soporto verme a mí mismo arrastrado a esa absurda y burda obra de teatro.

  Siento que, cuando salgo de este estudio, mi dulce A., me veo obligado a ocultar mi verdadero yo. Llegué aquí queriendo escapar, y de nuevo me veo encarcelado.

  Y en estos momentos es cuando más te añoro. Mientras esta sensación me invade, cierro los ojos y recuerdo... Recuerdo, tus manos sanadoras, acariciando mi sien y haciendo que todo pensamiento malo se desvaneciese. Y, creéme, lo hecho tanto de menos...

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martes, 3 de septiembre de 2013

Tiempo

  Si en algo temo al paso del tiempo, es que se nos acabe. ¿Qué me importa envejecer si es junto a tí? ¿Por qué he de temer a la muerte mientras tu rostro sea mi última imagen y tus manos mi última caricia?

  Lo insoportable y lo horroroso sería que el tiempo pasara a mi alrededor y no tenerte junto a mí. Envejecer y morir son innevitables en la vida, pero no tenerte, se puede solucionar de mil maneras. 

  Siempre a tí, A.



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